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El Gato
Introducción

El gato doméstico protagoniza una historia con final feliz. Pequeño, limpio, autosuficiente y seguro de sí mismo, discretamente ha ido sustituyendo al perro como animal de compañía preferido. Y es que son capaces de satisfacer por completo nuestra íntima necesidad de formar parte del mundo natural.

Los gatos, salvajes o domésticos, pertenecen a una misma familia de animales, llamada Felidae. Hace entre ocho y doce millones de años, evolucionaron en dos grupos, que los científicos denominan especies del Viejo Mundo y del Nuevo Mund, basándose en su localización actual. Los grandes gatos que rugían, se clasificaron como Panthera, mientras que los pequeños gatos que no rugían, se clasificaron como Felis. A partir de este género de felinos relativamente más pequeños, evolucionaron los gatos salvajes, muy parecidos ya a nuestros modernos compañeros domésticos. Una de estas líneas de descendencia fue el gato salvaje africano (Felis silvestris lybica).

El gato doméstico proviene de algún gato salvaje. ¿Cuál?, en realidad no se sabe. Los científicos apuntan hacia el gato salvaje africano como su ancestro más inmediato, siendo influenciado más tarde por el gato silvestre. También se estima que el gato selvático y el gato de Pallas, hayan sido incorporados en el cruce. Lo cierto es que el gato doméstico, demuestra peculiaridades diferentes a todos los gatos salvajes que existen en la actualidad.

En términos evolutivos, el gato doméstico es relativamente un recién llegado, y hace poco que disfruta de los beneficios de la sociedad humana. Sólo hace 5000 años que el gato salvaje africano evolucionó en gato doméstico, escogiendo la cohabitación con el hombre a cambio de protección de los depredadores más grandes y de una fuente fiable de alimento. Sólo han transcurrido 1000 años desde que, con nuestra ayuda, se expandió por Asia hasta Japón, y sólo 300 años desde que llegó a América, Australia y Nueva Zelanda, y, de hecho, a las principales islas del planeta.

Actualmente se estima que en el mundo viven unos cuatrocientos millones de gatos domésticos, la mitad de ellos buscándose la vida, y la otra mitad en nuestros hogares. En estos últimos 100 años, el papel que los gatos juegan en nuestras vidas, ha cambiado significativamente: de ser prácticamente sólo un cazador de ratas, ha pasado a ser una amigable compañía. A medida que fue aceptado como un miembro más de la familia, su inherente plasticidad genética se adaptó rápidamente a este suave cambio evolutivo.

No se sabe con exactitud cuál fue la primera cultura en domesticarlos, aunque siempre se ha asociado su domesticación a los egipcios, los asirios o alguna cultura predecesora. Se cree que los egipcios empezaron a domesticarlos entorno al año 4000 a. de C., para mantener a las ratas y ratones fuera de sus graneros. Para los egipcios eran animales sagrados y, como tales, el castigo por matar a un gato era la muerte. La diosa Bastet  era representada con cabeza de gato. A menudo tras su muerte eran momificados.

Los primeros gatos domésticos de los que se tienen evidencias físicas son los del antiguo Egipto, cuyos restos momificados fueron descubiertos en Beni-Hasan (Egipto central) en 1889. Fue un importante hallazgo de, literalmente, cientos de miles de gatos momificados, incluso tal vez millones, pues la mayoría de los cuerpos fueron molidos y usados como fertilizante.

Estos restos datan de entorno al año 2000 a.C., cuando el culto a los gatos estaba ya consolidado. El tipo más común en Egipto era similar al gato montés africano (Felix libyca), pero también existen algunos ejemplos de Felix chaus, el gato de la jungla de cola anillada, también originario de Oriente Medio.

Si en el año 2000 a.C., el gato ya gozaba de un estatus de culto, debió llegar a las granjas y a las ciudades del antiguo Egipto mucho antes. La antigua civilización egipcia se basaba en la abundancia de cereales, con dos y hasta tres cosechas al año, que se cultivaban en las fértiles tierras del valle y delta del Nilo, con sus inundaciones anuales. Hacia el año 3000 a.C., Egipto era un reino unido, cuya época de esplendor estaba a punto de comenzar. Los gatos salvajes se sintieron atraídos hacia las granjas egipcias por la abundancia de ratas y ratones y, posteriormente, hacia las ciudades, donde se almacenaba el maíz en graneros.  Los gatos, con fama de adaptables, debieron convertirse en un elemento característico permanente de la vida de Egipto; más tarde comenzaría el proceso de domesticación y, finalmente, el de deificación.

El tercer antepasado del gato moderno es el gato montés europeo (Felis silvestris), con su característica cola redondeada de punta negra. Se parece al gato montés africano, pero es más fornido y posee unas marcas atigradas más oscuras y pronunciadas, que podrían ser el resultado de su hábitat natural en regiones más templadas. ¿Cómo se incorporó el Felis silvestris al cuadro genético? Solamente se pueden hacer suposiciones, pero es una especie común en el norte de Europa (excepto en las Islas Británicas), y puede que se introdujese en los asentamientos agrícolas del mismo modo que el gato montés africano lo hizo en Egipto. También es posible que los comerciantes llevasen gatos egipcios a la antigua Roma, o que estos llegasen como polizones, y se extendiesen hacia el norte con las legiones romanas, y se cruzasen con sus parientes europeos. Se sabe que el ejército romano llevó gatos consigo por toda la Europa occidental para proteger sus víveres, y también que el cruce entre libyca  y silvestris  puede prosperar genéticamente.

Un posible cuarto ingrediente en la «mezcla» del gato doméstico, es el gato de Pallas (Felis manul). Originario de Asia central, tiene el pelo más largo que los otros y podría haber introducido un gen de pelo largo con la generalización de la domesticación de los gatos. La población de gatos domésticos en el sureste asiático, estaba bien establecida a principios de la historia, y es posible que el Felis manul, un gato intrépido sin temor a acercarse a los asentamientos humanos en busca de alimento, se cruzase con otros antepasados.

Sin embargo, sería simplificar demasiado sugerir que estas especies salvajes sencillamente adoptaron a los humanos y quedaron automáticamente domesticadas. Muchos gatos salvajes, grandes y pequeños, rondan por los asentamientos humanos en busca de comida, pero siguen siendo tan salvajes como al nacer. En cambio, los gatos domésticos nacen dóciles y se habitúan enseguida a la compañía humana. Incluso los gatos asilvestrados, que han estado en contacto con el hombre, ya sea de forma directa o hereditaria, pero que pueden haber adquirido un comportamiento «salvaje», se acostumbran pronto a la compañía de un humano amigo que los alimente.

Es evidente que deben haberse producido cambios genéticos en las muchas generaciones desde la primera vez que un gato salvaje se acercó a una granja. En todo este tiempo, un contacto prolongado con los humanos (y la calidez, la comodidad y el alimento disponible en el entorno del hombre), ha dotado al gato doméstico de una personalidad más plácida –o más pragmática- que la de sus parientes salvajes. Este cambio genético gradual, y no una simple cuestión de hábito, ha sido el responsable de la aparición del gato doméstico, algo que queda demostrado por el tamaño de su cerebro, mucho más pequeño que el del gato montés.

La historia de los gatos ha estado íntimamente ligada a la de los humanos desde siempre. No obstante, la actitud del hombre hacia los gatos ha ido cambiando notablemente a lo largo de los siglos. –desde la adoración de los antiguos egipcios, pasando por la persecución en Europa durante la Edad Media, y la posterior explotación de sus habilidades como cazador de ratones- hasta alcanzar el estatus de que disfruta en la actualidad. La asociación del gato con los humanos, lo condujo a figurar prominentemente en la mitología y en leyendas de diferentes culturas, incluyendo a las civilizaciones egipcia, japonesa, china y escandinava.

Por su carácter independiente y en ocasiones esquivo, el gato nunca ha obtenido el calificativo de «mejor amigo del hombre», pero a finales del siglo XX, desbancó al perro como mascota más popular en muchos países. Por razones prácticas, es fácil entender por qué…

Actualmente la mayoría de las familias se quejan de la falta de tiempo. El ritmo de vida actual hace que tener una mascota, pueda convertirse en una obligación más que en una experiencia positiva. Una mascota que pueda quedarse todo el día sola en casa o entrar y salir libremente, tiene ventajas evidentes sobre el perro, por ejemplo, al que hay que sacar a pasear varias veces al día. Además, las casas de ahora tienden a ser más pequeñas, y el gato puede vivir confortablemente incluso en un piso pequeño.

También es cierto que en las familias con niños, el gato se percibe como mascota «más segura». Por desgracia para los perros, la opinión pública se ha vuelto en su contra en los últimos tiempos. Historias terribles de perros que han atacado a los hijos de sus dueños o a los propios dueños, alertas sanitarias y ordenanzas municipales, son factores que han contribuido a hacer del gato, más pacífico limpio e independiente, una alternativa preferible.

En el ámbito doméstico, el gato es independiente de sus compañeros desde pequeño, siempre que disponga de comida, alojamiento y compañía humana. El gato es, en muchos sentidos, un animal solitario que suele rehuir la compañía. Los gatos, sin duda prefieren la soledad cuando cazan (el león es el único felino que caza en grupo) y recorren su territorio.

La relación de un gato doméstico con su amo y su familia y con los demás animales de la casa, es increíblemente compleja. En ella se mezclan impulsos salvajes, y otros que lo instan a vivir en compañía debido a su voluntad de adaptarse a la vida doméstica. Es una auténtica convivencia de sentimientos enfrentados, en la que el gato combina su deseo de libertad, sus ansias de cazar, de elegir su propio territorio y de relacionarse con los demás libremente, con las ventajas innegables de un refugio y una fuente segura de comida. Son muchas las razones que alimentan este conflicto interno, y por ello sorprende que salga a la superficie tan pocas veces y en casos tan aislados.

El gusto por la comodidad se implanta ya en edades tempranas, y perdura toda la vida; se refleja en esa tendencia a buscar rincones soleados, alfombras calentitas junto a la chimenea, cojines blandos e incluso camas. Los gatos necesitan tener un espacio vital propio de unos 50 cm., desde donde controlarlo todo y sentirse aislados.

Hay algunos gatos que a veces prefieren aislarse de todo y de todos, haciendo alarde de ese aire de superioridad y reserva que los caracteriza, lo que no implica necesariamente que no disfruten de la presencia de otras personas y animales. De hecho, la mayor parte de ellos busca compañía, sobre todo en momentos como al caer la tarde, cuando en casa se respira paz y sosiego. Los gatos valoran mucho su independencia y, aunque los hay que piden mimos, muchos se conforman con estar sentados en la misma habitación que el resto de la familia. Por ello, es bueno enseñar a los niños a dejar a los gatos tranquilos cuando estos no busquen atención.

Los gatos se sienten seguros en ambientes que conocen. Tienen un gran sentido del tiempo y no les gusta que se trastoque la rutina diaria de la casa. Hay cambios menores, como trasladar muebles de sitio, u otros más drásticos, como la llegada de un bebé o de otro animal, que pueden ser muy perturbadores hasta para los gatos más asentados. No es raro que un gato, tras enfrentarse a una situación de estrés o a un cambio imprevisto en el comportamiento de su amo, se esconda mucho tiempo o desaparezca para siempre.

Hay un rasgo de los gatos que llama mucho la atención, y es que parecen ser capaces de presentir cambios inminentes, como mudanzas o la marcha de vacaciones. Muchos atribuyen esta capacidad a un «sexto sentido felino», pero la realidad es que los gatos echan raíces tan firmes en sus hogares, que están alerta al más mínimo indicio de cambio. En el mundo salvaje, estos cambios equivalen a amenazas reales, como la aparición de un rival con el que haya que luchar por la comida. Por ello, hay sonidos, como los procedentes de maletas y cajas, el ir y venir inesperado de la gente, los olores desconocidos de ropas que se guardan, que no escapan a sus sentidos, y aunque el gato pueda no entender qué pasa, sí sabe que algo está a punto de suceder, lo que aumenta su sensación de inseguridad. A menudo los propietarios no son conscientes de la gran memoria que tienen los gatos y que explica por qué la simple aparición de un transportín, los hace salir corriendo y esconderse. Seguramente, una simple visión refresca el recuerdo de la última visita al veterinario o de la última vez que pasaron una temporada fuera de casa.

Los movimientos extraños de personas o cosas pueden significar un viaje en coche, algo que los gatos odian profundamente y a lo que nunca se acostumbran, lo que los diferencia de los perros; no es de extrañar, sobre todo teniendo en cuenta que en el mundo salvaje, los perros viven juntos en manadas, mientras que los gatos, guardan celosamente su territorio. Meter a un gato en un coche, es como privarlo de todo lo que huele y suena a casa, y encerrarlo en un lugar lleno de ruidos y olores desagradables.

Los perros tienden a identificarse con los humanos, se consideran parte del grupo y visualizan a su amo como el jefe de la manada. En el caso de los gatos, es bastante distinto, pues estos ven a sus amos como si fueran otros gatos, y se comportan con ellos como lo harían con las demás crías de la camada, acariciándolos, lamiéndolos, jugando y comunicándose con ellos. El amo de un gato tranquilo puede no darse cuenta de hasta qué punto éste capta los sonidos, los olores y visualiza y asimila los comportamientos de las personas de la casa, ya que nada en sus reacciones lo delata.

Muchas son las razones que explican el tremendo éxito de los gatos en su viaje hasta nuestras casas y nuestros corazones. A primera vista se trata de una combinación de especies inusual: los humanos y los gatos tienen estilos de vida muy distintos. Mientras que los perros son por naturaleza tan sociables como nosotros, los gatos tienen un innato espíritu de independencia, siguen su propio ritmo. Los gatos se sienten muy a gusto consigo mismos, pero bastante menos, en general, en compañía de otros gatos o de otras especies y otros estilos de vida.

Cualquier nueva experiencia que vivan los gatitos de menos de siete semanas (ser adoptados, ser lamidos por un perro, vivir con otros gatos, incluso convivir con animales que serían sus presas naturales, como ratones y ratas), la aceptan como parte normal de su cultura. La maravillosa mente acomodadiza del gato joven, explica su éxito a la hora de modificar su estilo de vida para cohabitar armoniosamente con nosotros. No tiene nada de malo que el táctil, elegante e independiente gato, nos parezca una especie tan increíblemente atractiva. Es tranquilo, se limpia hasta la saciedad, es independiente pero dispuesto a depositar su afecto en un dueño de confianza; no es de extrañar que el gato sea el compañero ideal para los estilos de vida modernos.

La personalidad de un gato se define por la genética (características de conducta hereditarias) y las influencias ambientales, sobre todo las que aparecen en los dos primeros meses de su vida. Un cachorro no debe ser separado de su madre demasiado pronto tras el nacimiento, ya que este periodo es crucial para el desarrollo de su personalidad. La salud física y mental de un gato adulto, se forma a partir de estas primeras experiencias.

La personalidad se forma a partir del amor de la madre y de los estímulos externos. Las primeras ocho semanas de vida son decisivas:

0-3 semanas

  Depende totalmente de su madre.
  Está inmóvil, responde a olores, caricias y calor.
  Abre los ojos a los 7-10 días.
   Los dientes le salen hacia los 14 días.

3-4 semanas

  Desarrolla la visión; aprende a observar  a su madre.
  Puede moverse a una distancia razonable del «nido».
   Empieza a comer sólido.
   Desarrolla sus interacciones con el resto de la camada.

4-6 semanas

  Ya no necesita a su madre para estimular la evacuación.
  Se desteta completamente a las 8 semanas.
  Si tiene la oportunidad, mata ratones.
  Puede correr y desarrolla todos los movimientos de un gato adulto.
  Juega a pelearse con su madre y hermanos.

6-8 semanas

  Continúa mamando, sobre todo por razones sociales.
  Desarrolla respuestas de adulto a las amenazas visuales y olfativas.
  Las habilidades motoras continúan desarrollándose.
  Madura su respuesta al miedo.
  Los juegos se tornan más físicos e intensos.
  Madura su capacidad termorreguladora (capacidad de mantener el cuerpo a temperatura constante).

Indudablemente, al igual que en los humanos, los genes son en parte responsables de la conducta de los gatos, lo que explica por qué una camada de cachorros que ha compartido experiencias tempranas, contiene varias personalidades. Sin embargo, una exposición temprana a estímulos sociales y ambientales, sobre todo entre las 2 y las 7 semanas de edad, es vital en el desarrollo de su personalidad. Con este fin, prácticamente todos los estudios sobre la conducta de los gatos, han llegado a las mismas dos conclusiones: tratar con personas diferentes aumenta la sociabilidad del gato hacia la gente, y la exposición a diversos ruidos y experiencias (perros, niños, viajes en coche…), lo ayudan a que su personalidad sea más tranquila y segura.

Los gatos caseros conservan muchas de las conductas naturales de los gatos que viven en el exterior. Su máxima actividad se concentra al amanecer y al atardecer, y suelen despertar a sus dueños porque quieren comer o jugar. Siguen patrullando en busca de roedores, pero en su ausencia, persiguen moscas o mariposas. Sin embargo, aunque no les molesta convivir con nosotros en un espacio reducido porque somos lo suficientemente distintos, pocas veces están dispuestos a compartir su territorio con un nuevo gato desconocido, pues lo perciben como una amenaza.

Los gatos caseros desarrollan estrategias de adaptación imaginativas para satisfacer sus necesidades biológicas: marcar el territorio, esconderse, cazar, trepar, investigar, explorar y mantenerse mentalmente activos. Por ejemplo, si no tienen nada que cazar, algunos gatos asaltan los tobillos de sus dueños: saltan, atacan y huyen. Otros delimitan su territorio con marcas ostentosas que demuestran que son los propietarios de un espacio. Un buen ejemplo de ello son los arañazos en los brazos de los sofás, porque son conscientes de su visibilidad. Para el gato, trepar por una cortina o encaramarse en la nevera, es el equivalente de subirse a un árbol.


 


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