Extinción
Los 5 grandes episodios de extinción masiva


La era paleozoica comenzó hace 542 millones de años con la aparición relativamente repentina en los océanos, de una gran cantidad de organismos: la denominada «explosión cámbrica». Finalizó hace unos 200 millones de años, tras la desaparición de casi toda la vida en la tierra, en lo que se conoce como la más devastadora extinción masiva de la historia de nuestro planeta.

EPISODIO ORDOVÍCICO (495-443 millones de años atrás)

El primero de los cinco grandes, ocurrió a finales del periodo ordovícico. El clima se estaba haciendo más frío y se formaron gruesas capas de hielo. Cuando la glaciación continuó, el nivel del mar descendió más de 100 metros, causando un gran impacto en la vida marina de las extensas zonas cubiertas por mares de escasas profundidad. La pérdida de hábitats marinos afectó a grupos como graptolitos, cefalópodos, conodontos (vertebrados primitivos similares a la anguila) y trilobites, que habían sido comunes y que se vieron reducidos a la mitad de especies.

EPISODIO DEVÓNICO (417-354 millones de años atrás)

A mediados del periodo silúrico (443-417 millones de años atrás), el clima era cálido y los mares acogían una gran diversidad de especies. A finales de este periodo, la invasión de la tierra había comenzado.

Hacia el final del periodo devónico, se produjo una gran pérdida de diversidad, pero las causas y la escala temporal en la que sucedió, no se han podido determinar. Este segundo episodio de extinción masiva, podría corresponder en realidad a diferentes fenómenos separados en un lapso de varios millones de años. De nuevo, fue producido probablemente por un periodo de enfriamiento global que redujo la temperatura de las aguas superficiales. Causó grandes efectos entre las comunidades marinas de aguas poco profundas y latitudes bajas.

Desaparecieron más del 20% de las familias marinas y grupos como el de los braquilópodos perdieron el 85% de las especies. Se cree que el 70% de las especies se extinguieron, resultando menos afectadas las comunidades terrestres.

Durante el periodo carbonífero (359-295 millones de años atrás), se recuperó e incrementó la biodiversidad. El nivel de oxígeno en la atmósfera aumentó regularmente, debido a la gran cantidad de plantas que se convirtieron en turba y no se pudrieron, produciendo dióxido de carbono. Esta abundancia de oxígeno habría permitido el desarrollo de los primeros pulmones, y podría haber colaborado para que los insectos de ese momento alcanzaran gran tamaño, la libélula Meganeura, por ejemplo, tenía una envergadura de más de 70 cm. Los niveles de dióxido de carbono cayeron por debajo del 0,1% y el clima de la tierra se hizo más fresco.

LA GRAN MORTANDAD

El periodo pérmico (295-248 millones de años atrás) se caracterizó por una creciente biodiversidad, pero su final viene marcado por un colosal acontecimiento al que se ha denominado «la gran mortandad». En los mares, desaparecieron el 80% de todos los géneros, y más del 50% de todas las familias. En total se considera que se extinguieron el 96% de las especies marinas.

Los efectos también se dejaron sentir en tierra firme, donde se perdieron el 70% de los géneros de vertebrados terrestres. Incluso ocho órdenes de insectos se extinguieron.

También las plantas resultaron muy afectadas con la pérdida de numerosas especies, incluidos los extensos bosques de helecho arborescente Glossopteris.

Diversos factores, que actuaron conjunta o sucesivamente, durante un breve periodo de tiempo, causaron esta extinción. Varias glaciaciones importantes en el hemisferio sur, provocaron el descenso del nivel del mar, exponiendo entre el 10 y el 13% de la plataforma continental, y causando la muerte de los arrecifes de coral y sus ricas comunidades.

Se produjeron también periodos de vulcanismo cuando los continentes colisionaron, formando el Pangea, un único supercontinente.  En un solo episodio, más de cuatro millones de kilómetros cúbicos de rocas fundidas, cubrieron la superficie de la tierra. Éste también pudo hacer disminuir los niveles de oxígeno y de luz solar, e incrementar las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono. La flora y la fauna pudieron verse expuestas alternativamente a condiciones climáticas frías y cálidas, y los estudios recientes, indican que los enormes volúmenes de gases volcánicos, pudieron dañar la capa de ozono y aumentar la acidez de tierras y océanos.

Extinción

EXTINCIÓN TRIÁSICA (248-205 millones de años atrás)

La recuperación del devastador acontecimiento que marcó el final de la era paleozoica, fue relativamente lenta. El periodo triásico que siguió, fue en general cálido y muy seco. Los reptiles comenzaron a remplazar a los invertebrados como forma de vida predominante, y aparecieron los primeros dinosaurios y reptiles marinos grandes. Otros reptiles se asemejaban más a los mamíferos.

Al final del periodo triásico, otro episodio de extinción masiva causó la desaparición de algo más del 50% de todos los géneros de invertebrados marinos, como esponjas, ammonites y braquiópodos. Sobre la tierra también se produjeron cambios significativos al perderse entre el 85 y el 90% de las especies vegetales. 19 familias de tetrápodos vertebrados desaparecieron, incluidos los grandes anfibios. La extinción de la mayoría de los reptiles primitivos, anunció la aparición de los dinosaurios.

Las causas de esta extinción masiva son todavía desconocidas pero, nuevamente, los rápidos cambios climáticos y el drástico descenso del nivel del mar, fueron probablemente los factores más importantes.

EPISODIO CRETÁCICO (144-65 millones de años atrás)

La recuperación después de la extinción que señala el final del periodo triásico, fue bastante rápida. Durante todo el periodo jurásico (205-144 millones de años atrás), el clima fue cálido y cicadófitos y coníferas siguieron creciendo bien. El supercontinente Pangea comenzó a fragmentarse, proceso que continuó durante el periodo cretácico hasta disponer las masas continentales de un modo bastante similar al actual. A su vez, al final del periodo jurásico, la flora y la fauna de la tierra eran más diversas que nunca.

La conclusión del periodo cretácico, vino marcada por un notable descenso del nivel del mar y por cambios climáticos que provocaron inviernos fríos y veranos tórridos y secos. Existen pruebas de que grupos como los dinosaurios y algunos moluscos marinos, habían comenzado a declinar antes de que finalizase el cretácico, de modo que algunos factores como los cambios climáticos o el vulcanismo, pudieron ser en parte responsables de la quinta gran extinción que ya estaba en marcha.

Sin embargo, el impacto de un asteroide, significó, casi con seguridad, el golpe de gracia. El final del periodo cretácico (y de la era mesozoica), ocurrió bruscamente hace 65 millones de años, y provocó la desaparición del 70-85% de todas las especies del planeta. La última de las cinco grandes extinciones, es quizá también la más documentada.

En tierra firme, dinosaurios y pterosaurios (reptiles voladores), que eran muy diversos, se extinguieron, mientras que en los océanos desapareció el 15% de todas las familias marinas, incluidos los reptiles. Los ammonites, algunos de los cuales habían sobrevivido a las extinciones anteriores, perecieron finalmente, así como los belemnites y muchos otros grupos de invertebrados.

El impacto de un gran asteroide o cometa, habría provocado inmediatamente inmensos maremotos y tormentas de fuego. Las colosales cantidades de ceniza, polvo y aerosoles generados, habrían oscurecido el cielo durante meses, dando lugar a tremendos cambios atmosféricos y climáticos. Una posible prueba de tal impacto, podría ser el cráter de 65 millones de años, producido por un asteroide o cometa de 10-12 kilómetros de diámetro, y que actualmente está cubierto por una gruesa capa de sedimentos marinos, que se localizó frente a la península de Yucatán y recibió el nombre de «Chicxulub», un pueblo próximo.

Los devastadores efectos del choque de un cuerpo de este tamaño, que habría producido un cráter de 150 kilómetros de diámetro y 15 kilómetros de profundidad, son difícilmente imaginables. Seguramente las importantes cadenas alimentarias de los océanos, se vieran afectadas por la pérdida de fitoplancton, debido a la prolongada falta de luz solar y la acidificación, y en tierra firme, la muerte de muchas plantas, habría tenido serias consecuencias para los herbívoros y para los carnívoros que se alimentaban de ellos.

FUTUROS EPIDODIOS

Los procesos que han dado forma a la tierra y a su biosfera durante milenios continuarán. Otros desastres climáticos, el impacto de un meteorito o una inmensa erupción volcánica, pueden suceder de nuevo. El punto caliente del manto, que ahora se encuentra en Yellowstone, por ejemplo, debería haber entrado en erupción, y cuanto más se retrase, peores serán las consecuencias. La pregunta no es si se producirá una gran extinción, sino cuándo. Sólo es cuestión de tiempo, y nuevamente habrá algunos ganadores y muchos perdedores.

Sin embargo, la extinción no es una única forma de mala suerte. Es un escenario de auge y caída, en el que una especie puede ser víctima de su propio éxito. No todas las extinciones son el resultado de desastrosas influencias externas. Extinciones grandes y pequeñas, locales y globales –ciclos naturales de crecimiento y declive, «auge y caída»- ocurren constantemente a cualquier escala imaginable. La extinción de los renos de la isla de Saint Matthew, es un ejemplo clásico; se multiplicaron en exceso, y desaparecieron en menos de tres décadas.

EL SEXTO EPISODIO

Muchas personas piensan que los problemas de la pérdida de hábitats y la caza excesiva, son fenómenos modernos que se deben al rápido aumento de población humana durante los últimos 200 años, pero en realidad estos procesos han tenido lugar desde que los seres humanos aparecieron en el planeta.

Cuando la población creció y nuestras habilidades tecnológicas mejoraron, cambiamos el entorno de acuerdo con nuestras necesidades. Estos cambios permitieron que prosiguiera el crecimiento de manera tal que hemos ocupado todos los rincones de nuestro mundo, manteniendo incluso una pequeña presencia en la Antártida y en el espacio exterior.

Pero estos progresos han tenido sus costes y por el camino se han producido bajas, grandes y pequeñas. Algunos opinan que estamos al borde de una sexta extinción masiva -equiparable a las que ya conoció la tierra en el pasado-, pero están equivocados. Ya se está produciendo, y a diferencia de los cinco episodios anteriores, éste se debe por completo a la acción del hombre.

APARICIÓN DE LA HUMANIDAD

El origen de nuestra especie es uno de los temas más debatidos de la ciencia moderna. Las pruebas genéticas muestran que humanos y chimpancés comparten un antepasado común que vivió hace seis millones de años. Pero mientras ellos permanecieron sobre cuatro patas, los humanos se irguieron, un pequeño cambio que tuvo gran impacto sobre el resto de la naturaleza.

DOMINIO DEL HOMBRE

Los últimos 11.500 años de la historia de la tierra, el holoceno, se inició con la retirada de los extensos hielos continentales. Durante este corto y cálido período interglaciar, los humanos han ejercido su dominio, y son ahora la especie de vertebrado terrestre más abundante de la tierra. Pero a lo largo de dos millones de años, los humanos debieron sobrevivir a las glaciaciones.

CAZADORES Y RECOLECTORES

Hacia el final del pleistoceno, muchos grandes vertebrados se extinguieron repentinamente. Esta ola de extinciones, que tuvo lugar en diversas partes del mundo, coincidió casi exactamente con la llegada del homo sapiens ¿Es posible que los relativamente escasos humanos, equipados con armas primitivas, pudieran causar la extinción de tantas especies?

Existen pruebas evidentes que apoyan la teoría de la caza excesiva durante el pleistoceno. Los restos de esqueletos indican que grandes presas habían caído en hoyos cavados, o habían sido conducidas hasta barrancos y despeñaderos por fuegos hechos por el hombre.

Además, recientes estudios con modelos informáticos, muestran que incluso una población humana con reducida tasa de crecimiento y poco cazadora, puede llevar a la extinción a grandes especies de reproducción lenta, sin necesidad de cambios en el clima. Las pequeñas especies pueden sobrevivir mejor, debido a que necesitan menos recursos y se reproducen más rápidamente.

Es fácil intuir que las poblaciones de animales grandes que sufrían el calentamiento climático y la fragmentación de sus hábitats, pudieron ser exterminadas por los humanos.

LOS PRIMEROS AGRICULTORES

El holoceno, que se extiende desde hace 10.000 años hasta la actualidad, es un período interglaciar cálido y relativamente estable, durante el cual, el homo sapiens ha provocado enormes cambios en el paisaje y el medio ambiente.

El descubrimiento de la agricultura, permitió el inicio de un rápido crecimiento de la población humana, que ha continuado de manera exponencial hasta hoy día.

Pero los cultivos necesitan tierra, por lo que la supresión de bosques y otras formas de vegetación natural, conduce a la creación de ecosistemas agrarios artificiales, que no son sólo menos diversos, sino también menos duraderos. En los últimos 10.000 años, han desaparecido más de una tercera parte de los bosques primigenios, y el proceso continúa, en tiempos más recientes, para establecer pastos y cultivos rentables, como el de la soja.

Cuando se talan los árboles, el viento y la lluvia erosionan gradualmente el suelo, hasta que lo llevan a la desertización.

Los seres humanos fueron capaces de multiplicarse y extenderse, modificando su entorno, mientras sobreexplotaban los recursos disponibles. Un ejemplo histórico de crecimiento no sostenible y de sobreexplotación de los recursos limitados, se produjo en la Isla de Pascua (Pacífico), lo que provocó la desaparición de la población humana, y en Chaco Canyon (Nuevo México, Estados Unidos).

LA ERA DE LOS DESCUBRIMIENTOS

Los humanos han explotado prácticamente todos los rincones de la superficie terrestre, y el incremento de la población ha creado una creciente presión sobre los ecosistemas del planeta.

La pérdida y fragmentación de hábitats, es la principal causa de la extinción, pero la biodiversidad, también resulta amenazada por la introducción de nuevas especies que se establecen en zonas ajenas a su ámbito natural.

En todo el mundo la vegetación natural ha sido obstaculizada y dominada por la maleza, y gran cantidad de especies de animales nativas, han sido conducidas a la extinción por la introducción de otras. Se ha calculado que el 40% de todas las especies extinguidas en los últimos 400 años, lo han sido por la introducción accidental o deliberada de otras especies foráneas.

Cuando los productores navales en Europa produjeron los primeros barcos capaces de realizar grandes viajes, los navegantes comenzaron a buscar nuevas tierras, rutas comerciales y tesoros, aunque simplemente viajaban hacia lo desconocido, y muchos transportaban animales vivos como cabras y ovejas a fin de disponer de carne fresca.

Al incrementarse el comercio mundial, cada vez más especies ajenas llegaron a todas partes. Una forma muy frecuente, se debe al agua que se utiliza como lastre para estabilizar las embarcaciones cuando no llevan carga... agua que se vierte en otros puertos. Se calcula que unas 3000 especies (bacterias, plancton, invertebrados marinos, plantas acuáticas, algas y grupos de peces), son transportados de este modo por el mundo.

Una de las razones por las que algunas especies prosperan en las zonas que invaden, se debe al hecho de que los parásitos y predadores que las controlan, se mantienen en su hábitat original. La serpiente arborícola marrón, una especie propia del sudoeste asiático, llegó accidentalmente a la isla de Guam; en ausencia de predadores, la población creció tan rápidamente, que en 20 años habían exterminado casi por completo a las aves de los bosques autóctonos de las islas.

Existen incontables ejemplos en todo el mundo, pero si un lugar ha sufrido especialmente, es Australia: durante los años 1840 y 1880, los colonos liberaron más de 50 especies de vertebrados no indígenas, incluidos zorros, cerdos y gatos. Los conejos fueron introducidos para practicar la caza, pero en poco más de un siglo, se habían difundido por una gran parte del continente, inhibiendo la regeneración de plantas, y compitiendo con la fauna autóctona y el ganado.

LA REVOLUCIÓN AGRÍCOLA

La mecanización en el siglo XX, significó que menos personas podían producir más comida para más gente, y que la selección de semillas y el uso de abonos, aumentó los rendimientos.

La producción mundial de alimentos, se acerca a 6000 millones de toneladas métricas anuales, pero cada vez más, el cultivo intensivo ejerce un efecto muy perjudicial sobre el medio. Cuando un hábitat natural se transforma para uso agrícola, los ecosistemas complejos, ricos en especies, se ven reemplazados por sencillos entornos agrarios poco variados.

Cuando la vegetación natural se sustituye por la agricultura, el suelo se convierte en vulnerable a la sequía y la erosión, haciendo que millones de toneladas de tierra sean arrastradas por el viento o por el agua. Con el tiempo, la fertilidad de la tierra disminuye, y el exceso de pasto y el cultivo intensivo, conducen a la disminución de cosechas, y, finalmente, a la desertización.

El uso excesivo de fertilizantes, ha permitido el cultivo de tierras cada vez más degradadas, pero el exceso de nitrógeno y de fósforo en el suelo, acaba en los ríos y humedales, donde provoca cambios drásticos en las comunidades de seres vivos, y reduce la abundancia de especies.

LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

A partir del siglo XVIII, se produjo un notable cambio cuando los ingenieros empezaron a aprovechar el sorprendente potencial de los combustibles fósiles. La siderurgia se expandió, y surgieron las primeras fábricas y ciudades industriales.

Este progreso, transformó la sociedad -en su organización y estructura-, y tendría también consecuencias transcendentales para el medio ambiente.

La industria química ha provocado graves problemas a los seres vivos. Genera cientos de compuestos tóxicos, incluyendo contaminantes orgánicos persistentes, como el DDT. Cuando se liberan en el medio ambiente, estos contaminantes se integran en la cadena alimentaria, y alcanzan elevadas concentraciones en los cuerpos de los predadores superiores: en los tejidos humanos se han encontrado restos de casi 300 substancias químicas que no estaban presentes cien años antes.

Desde el inicio de la revolución industrial, la población se ha incrementado notablemente, y también la cantidad de energía que utiliza. El uso de energía primaria para la calefacción, el transporte y la generación de electricidad, es de 400 millones de julios anuales, que equivalen a más de 13.000 millones de toneladas de carbón, y la cifra puede duplicarse durante los próximos 50 años.

Siempre que se queman combustibles fósiles (petróleo), el carbono que contiene pasa al aire en forma de dióxido de carbono, cuyas consecuencias son ahora bien conocidas, y resultan preocupantes (efecto invernadero).

El resultado de todos estos cambios, será extremadamente trascendente. Las condiciones climáticas serán más impredecibles, y, posiblemente, más extremas; algunas zonas se secarán, y otras serán más húmedas que en la actualidad... la vegetación migrará hacia el norte, y las especies adaptadas a regiones montañosas, no tendrán a donde ir. Extensas áreas costeras, sufrirán inundaciones, si los glaciares y los hielos polares continúan fundiéndose.

EXPLOTAR LA NATURALEZA

Resulta evidente que utilizar en exceso determinados recursos, puede conducir a su agotamiento. La sobreexplotación del suelo por el cultivo, produce una disminución de la fertilidad y de las cosechas. El exceso de caza y pesca, ha provocado la extinción de numerosas especies. La necesidad de la sostenibilidad no es difícil de comprender, pero la política y el beneficio, cuentan a menudo más que la ciencia y el sentido común.

COMERCIO INJUSTO

Extinción y maltrato animal

La actitud frente al comercio de productos de fauna salvaje, está cambiando lentamente en muchas zonas del mundo al adquirir conciencia del daño ambiental, así como del dolor y el sufrimiento que se provoca. Sin embargo, el comercio internacional ilegal, asciende a miles de millones de euros anuales, afecta a miles de especies en peligro, y origina numerosas extinciones.

SELECCIÓN CONTRA NATURA

Los seres humanos son animales vertebrados relativamente grandes. Cuando observamos un paisaje, distinguimos enseguida mamíferos, aves y reptiles, que también lo son. Nos fijamos poco, en cambio, en las incontables pequeñas criaturas como insectos, gusanos y microorganismos, que aportan mucho más a la supervivencia y a la salud de los ecosistemas.

En una encuesta reciente, nueve de cada diez personas dijeron que estarían dispuestas a destinar dinero de sus impuestos para salvar de la extinción al panda gigante; una de cada diez, optaría por salvar al lirón euroasiático. Nadie estaba interesado en las avispas o los escarabajos peloteros... las criaturas peludas resultan más atractivas para los humanos que las cubiertas de escamas; no es casualidad que las organizaciones de defensa de la fauna, hayan elegido grandes y llamativos animales como emblema... la imagen de un panda, abre con más seguridad la cartera, que un crustáceo o una serpiente, aun cuando éstos se encuentren igualmente en peligro de extinción.

UN HÉROE ANÓNIMO...

Si se piensa en el escarabajo pelotero, recordamos al escarabajo sagrado del antiguo Egipto. Sin embargo, existen miles de especies de escarabajo pelotero agrupadas en la familia Scarabaeidae, y su valor para los ecosistemas, es inconmensurable: enterrando los excrementos, aumentan el rendimiento de los pastos, que, de otro modo, quedarían cubiertos por ellos; reciclan el nitrógeno, introduciéndolo en la tierra, en caso contrario, se perdería en la atmósfera. Reducen la incidencia de los parásitos del ganado vacuno, y reducen las plagas de moscas que crían en el estiércol. El valor estimado de estos «servicios gratuitos», es de miles de millones de euros. Desgraciadamente, los «servicios» que muchos animales prestan, sólo acaban siendo reconocidos cuando el animal desaparece.

del resto.


 


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