DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES


Está en la naturaleza del hombre imponerse sobre el mundo animal, pero esto en sí mismo no guarda relación alguna con tener derechos.

En cierto momento de la historia de la humanidad, alguien concibió la noción de «derechos», y es sólo el hombre quien hace uso de este concepto. ¿Por qué entonces nos referimos a derechos de los animales? La respuesta es bien sencilla: los derechos de los animales tienen como objeto poner límites al comportamiento humano. Si fallamos al imponer límites legales claros al comportamiento humano en relación con los animales, sería imposible iniciar procesos contra quienes exceden estos límites.

Los animales son vulnerables, sin defensa y completamente sometidos al poder del ser humano. Quienes pasan por alto el bienestar de los animales, son responsables de atentar contra los derechos de los animales. Las maneras en las que nos relacionamos con ellos y los derechos que les otorgamos, tienen que ver con la ética, y ésta, debe tener su origen en la compasión, el respeto y el aprecio desinteresado hacia quienes, aunque distintos en apariencia, son semejantes ante los ojos del Amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EN EL BOSQUE

 

Un bosque es un área con una alta densidad de árboles. En realidad, existen muchas definiciones de bosque.

 

Estas comunidades de plantas cubren grandes áreas del globo terráqueo y funcionan como hábitats animales, moduladores de flujos hidrológicos y conservadores del suelo, constituyendo uno de los aspectos más importantes de la biósfera de la tierra.

 

 

Aunque a menudo se han considerado como consumidores de dióxido de carbono, los bosques maduros son prácticamente neutros en cuanto al carbono, y son solamente los alterados y los jóvenes, los que actúan como dichos consumidores. De cualquier manera, los bosques maduros juegan un importante papel en el ciclo global del carbono, como reservorios de carbono estables, y su eliminación conlleva un incremento de los niveles atmosféricos del dióxido de carbono.

 

 

Los bosques pueden ser encontrados en todas las regiones capaces de mantener el crecimiento de árboles, hasta la línea de árboles, excepto donde la frecuencia de fuego natural es demasiado alta, o donde el ambiente ha sido perjudicado por procesos naturales o por actividades humanas. Por regla general, los bosques dominados por angiospermas (bosques de hojas anchas, también denominados «selvas» o «bosques tropicales») son más ricos de especie que aquellos dominados por gimnospermas (bosques de coníferas, de montaña, o de hojas finas), aunque hay excepciones (por ejemplo, las zonas de abedules y álamos temblones de las latitudes boreales, que albergan muy pocas especies).

 

Los bosques a veces contienen muchas especies de árboles dentro de una pequeña área (como en lluvia tropical y bosques templados caducos), o relativamente pocas especies en áreas grandes (por ejemplo, taiga y bosques áridos montañosos coníferos). Los bosques son a menudo hogar de muchos animales y especies de plantas, y la biomasa por área de unidad es alta comparada con otras comunidades de vegetación. La mayor parte de esta biomasa se produce subterráneamente, en los sistemas de raíz y como el detrito de planta parcialmente descompuesto. El componente leñoso de un bosque contiene lignina, que es relativamente lento para descomponerse comparado con otros materiales orgánicos, como la celulosa o el carbohidrato.

Los bosques se diferencian de los arbolados por el grado de cobertura de la canopea (bosque): en un bosque las ramas y el follaje de los distintos árboles, a menudo se encuentran o se entrelazan, aunque puedan haber huecos de variados tamaños dentro del mismo. Un arbolado tiene una canopea más contínuamente abierta, con árboles más espaciados, que permite que más luz solar llegue a la tierra entre ellos (sabana).


Los bosques son ecosistemas imprescindibles para la vida. Son el hábitat de infinidad de seres vivos, regulan el agua, conservan el suelo y la atmósfera, y suministran un gran número de productos útiles.

 

La vida humana ha mantenido una estrecha relación con el bosque. Muchas culturas se han apoyado en productos que obtenían del bosque: madera para usarla como combustible o en la construcción, carbón vegetal imprescindible en la primera industria del hierro, caza, resinas, frutos, medicinas, etc. Pero a la vez, producir más alimentos, exigió talar bosques para convertirlos en tierras de cultivo.

 

En muchas épocas se consideraba que los bosques eran fuente de enfermedades, refugio de bandoleros y que dificultaban la defensa, por lo que se talaron grandes extensiones alrededor de las ciudades. También la construcción de barcos y las primeras ferrerías supusieron la destrucción de muchas arboledas.

 

Se estima que hace unos 10.000 años, cuando terminó el último periodo frío, los bosques ocupaban entre el 80 y el 90% de la superficie terrestre, pero a partir de entonces la deforestación ha sido creciente, y en la actualidad los bosques cubren únicamente entre un 25 y un 35% de la superficie terrestre, según cual sea el criterio con el que se determine qué es bosque y qué no lo es.

 

Desde hace dos siglos han surgido movimientos conservacionistas para proteger bosques y otros ecosistemas naturales, y hoy día, se abre paso con fuerza una nueva actitud de defensa y uso racional de este valor natural.

 

El estudio científico de los bosques se denomina «ecología forestal».

 

Los ecólogos forestales se especializan en los patrones y procesos del bosque, generalmente con el propósito de aclarar las relaciones de causa y efecto. Los silvicultores, por su parte, se enfocan en la extracción de la madera, así como en la regeneración y el proceso de crecimiento de los árboles.

 

Los bosques pueden ser alterados cuando suceden hechos como la tala masiva de árboles, los incendios forestales, la lluvia ácida, los herbívoros, o las plagas, junto con otras causas, provocando importantes daños.

 

En los Estados Unidos, la mayoría de los bosques han sido históricamente atacados por los humanos hasta puntos muy altos, aunque en los últimos años las prácticas silvícolas han mejorado, ayudando así a regular el impacto. Pero de todos modos, el Servicio Forestal estadounidense (United States Forest Service), estima que cada año se pierden cerca de 1,5 millones de acres (6.000 km²) de los 750 millones (3.000.000 km²) que existen en la nación.

 

Globalmente, se pueden distinguir dos tipos de bosque: natural y antropogénico.

 

Los naturales sólo tienen los patrones originales de la biodiversidad. Esta biodiversidad y sus procesos no han sido afectados por los humanos con una frecuencia o intensidad que se pueda considerar grave.

 

Los antropogénicos, sí han sido afectados por los humanos con una frecuencia o intensidad suficiente para marcar grandes cambios en los patrones del bosque. A menudo, en estos tipos de bosques se encuentran especies exóticas.

 

Los bosques pueden ser clasificados de diferentes maneras, y en diferentes grados de especificación. Una forma, es determinar el medioambiente (ecosistema) en el que existen, junto con la longevidad de las hojas de la mayoría de los árboles (sea de hojas perennes o caducas). Otra clasificación se establece por la composición predominante de los bosques, de tipo de hoja ancha, coníferas (pinos), o ambos.

 

 

Los bosques boreales: ocupan la zona subártica, y son por lo general de árboles con hojas perennes, coníferos.

 

Los bosques de las zonas templadas: en ellos se encuentran bosques caducifolios de hoja ancha, y bosques perennifolios coníferos. En las zonas templadas cálidas hay árboles perennifolios de hojas anchas, incluyendo bosques de laureles.

 

Los bosques tropicales y subtropicales: incluyen los bosques tropicales y subtropicales húmedos, los bosques tropicales y subtropicales secos, y los bosques tropicales y subtropicales coníferos.

 

La Fisionomía, clasifica los bosques por su estructura física total o etapa de crecimiento. Los bosques pueden también ser clasificados más específicamente por las especies dominantes presentes en los mismos.

 

Los bosques rebosan vida durante gran parte del año. Hay en ellos pequeños insectos pululando entre la maleza: ardillas recogiendo nueces; pájaros carpinteros tamborileando en los troncos; lechuzas apostadas en las copas de los árboles... Un solo roble puede dar hogar a cientos de especies distintas.

 

Sin embargo, durante el invierno hay muy poco movimiento en el bosque. Algunos animales pasan casi toda la estación fría en sus cálidas madrigueras subterráneas, o en los huecos de los árboles, y sólo salen de vez en cuando para buscar alimento. Muchas veces, por ejemplo, emigran hacia zonas más cálidas, y otros animales, como el erizo o la marmota, hibernan hasta la primavera siguiente.

 


EL BOSQUE DE CONÍFERAS

 

Las coníferas son los árboles más resistentes del mundo. Sus hojas pequeñas y en forma de aguja pueden resistir el frío extremo y son impermeables a la fuerte luz del sol y al viento, y su conformación relativamente angosta y vertical les permite desarrollarse muy cerca uno del otro, con lo que forman bosques tupidos y protegidos. Así, las coníferas crecen donde pocos árboles de hoja ancha pueden sobrevivir, como en el extremo norte y en las cadenas montañosas; también florecen un lugares que reciben muchísima lluvia. En dichas regiones forman un bosque templado, que constituye el hogar de algunos de los árboles más grandes del mundo.

 

Bosque boreal

 

Llamado así en honor de Bóreas, el antiguo dios griego del viento del norte; el bosque boreal o taiga constituye la expansión continua más grande de bosques sobre la tierra; cubre alrededor de 15 millones de km² y se extiende en una franja casi ininterrumpida a través del extremo norte. A menudo se interna profundamente en el Ártico, y en algunos puntos, supera los 1.600 km de ancho.

 

En el bosque boreal, las temperaturas invernales habitualmente descienden a -25º C, pero en algunas de las regiones más frías, como el noreste de Siberia, a veces descienden a -45º C. Los veranos son breves, pero pueden ser cálidos.

 

En comparación con los tipos de bosques que se presentan en latitudes más bajas, éste alberga sólo ciertas especies arbóreas y, por lo tanto, proporciona una variedad limitada de alimento para los herbívoros. La diversidad de plantas está también restringida, tanto por la cantidad de luz que llega al suelo del bosque, como por la elevada acidez de las agujas del pino. Aun en verano, el interior del bosque es a menudo oscuro y una gruesa capa de acículas muertas cubre el suelo. Los hongos proliferan en estas condiciones, pero las únicas plantas forestales que viven aquí son las que pueden tolerar los bajos niveles de luz y la acidez del suelo.

 

Aparte de los insectos, pocos animales pueden digerir las hojas o la madera de coníferas, de modo que la mayoría de aquéllos que se alimentan de plantas, se concentran en las semillas, brotes y corteza, o en las bayas de los arbustos bajos. Sin embargo, lo que este hábitat no tiene en variedad, lo compensa con creces en cantidad, especialmente porque existe poca competencia por los alimentos. Ésta es una de las razones por la que muchos animales del bosque boreal, desde pájaros hasta osos, presentan un rango de distribución mucho mayor al de las especies que viven en las regiones más cálidas del mundo.

 

Bosque lluvioso templado

 

Las zonas más grandes de bosques lluviosos se encuentran en los trópicos, pero este tipo de bosque existe también en lugares templados, en regiones donde las montañas que dan hacia el oeste, interceptan el aire cargado de humedad que viene desde el mar. A diferencia del bosque boreal, presenta temperaturas relativamente moderadas durante todo el año.

 

 

En comparación con el bosque boreal, el bosque lluvioso templado constituye un hábitat de escasa ocurrencia, que se presenta en unas pocas regiones bastante separadas una de otra.

 

En el hemisferio sur, se encuentra en la Isla Sur de Nueva Zelanda y en sectores del sur de Chile. En estas dos zonas la mayoría de los árboles de estos bosques corresponde a las especies de hoja ancha, pero en el noroeste del Pacífico, correspondiente a Norteamérica, donde se pueden encontrar los bosques lluviosos templados más grandes del mundo, casi todos son coníferas, algunas de más de 75 m de altura y más de 500 años de antigüedad. Este bosque de coníferas no se parece en nada a otros; en el suelo y en el sotobosque, en la superficie se encuentra tapizada de helechos o musgo saturado de agua, y troncos sumamente apretados entre sí, algunos de más de 3 m de diámetro, que se elevan hacia el dosel, sobre el cual el cielo está siempre cubierto de lluvia.

 

El bosque lluvioso templado alberga muchos de los animales que se encuentran también en el bosque de coníferas de todo el mundo, pero posee algunas características adicionales que lo hacen diferente, como por ejemplo, las condiciones de humedad y temperatura templada, que lo convierten en refugio de babosas y salamandras, así como la inmensa cantidad de árboles caídos, que permiten la existencia de insectos que se alimentan de madera seca.

 

En su estado natural, el bosque abunda en mamíferos, al igual que en lechuzas y otros pájaros que necesitan árboles grandes y antiguos para hacer sus nidos. Lamentablemente, éstos tienen una gran demanda en la industria maderera y, por ello, es cada vez más raro encontrar bosques lluviosos templados no tocados por el hombre.

 

Entre todos los bosques, el boreal ha sido el menos alterado por la actividad del hombre. Sin embargo, esta situación ha ido cambiando a medida que aumenta la demanda de madera blanda y pulpa de papel. Además, el bosque lluvioso ha estado sometido a enormes cambios; en Norteamérica, gran parte de este bioma de la costa del Pacífico ha sido talado y han quedado sólo pequeños remanentes de bosque «antiguo» original, separados por bosque plantado. No obstante, algunos de los muchos remanentes que se han visto amenazados por la tala, han sobrevivido.